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CUBIERTAS

Cubiertas: un enfoque proyectual

José Jurado Egea

Una vez resuelta la ejecución de láminas impermeabilizantes continuas, la clásica división en cubiertas planas e inclinadas resulta hoy un remanente histórico. José Jurado, profesor de construcción de la Escuela de Arte y Arquitectura de la Universidad Europea de Madrid, analiza las actuales tipologías y técnicas utilizadas en las cubiertas a partir de los diversos objetivos proyectuales con las que se conciben: como expresión escultórica, objeto energético, espacio de uso y optimización estructural.

Las técnicas cambian, sin duda, y es menester actualizar y revisitar las soluciones que conocemos y aplicamos. Pero a veces resulta incluso más provechoso limitarse a cambiar el enfoque y reorganizar nuestros conocimientos bajo otros criterios, no necesariamente más correctos, pero si más resolutivos. Éste es el objeto del presente artículo, que perfila de inicio lo que entiendo son los objetivos proyectuales más comunes, y revisita las diversas tipologías y técnicas para ponerlas a su servicio. En resumen, construir la arquitectura, como no, también con la cubierta.

Estos objetivos los limito, por mero sentido práctico, a cuatro, destacando el que está viviendo en la actualidad un singular auge, y que no es otro que el objeto arquitectónico como expresión escultórica, acompañados de los más funcionales enfoques de la cubierta como objeto energético, espacio de uso y optimización estructural.

 

Introducción

Rememorando las tipologías clasificatorias clásicas, la división entre cubiertas “inclinadas” y “planas” en realidad sólo queda como remanente histórico originado por la inexistencia de láminas continuas en un pasado no tan lejano, por lo que la estanqueidad necesariamente dependía del solape entre piezas menores y una inclinación suficiente que evitara la ascensión por las juntas, del agua de lluvia empujada por el viento. Hoy los faldones inclinados incorporan con naturalidad soluciones tipológicamente “planas”, y por otro lado, las cubiertas por piezas (teja, pizarras, escamas) evolucionan a híbridas al complementarse con lámina impermeable o placa ondulada inferior como garantía de estanqueidad.

A su vez, la diferenciación entre cubierta “fría” (con aislamiento térmico) y “caliente” (carente de aislamiento), ha perdido actualidad, a no ser que se aspire a una comportamiento energético específico, que forme la base de una ventilación natural o colchón térmico como veremos más adelante.

Tampoco la clasificación entre “tradicional” o “invertida” da mucho juego en cuanto se perfilan mínimamente los objetivos de la cubierta. Así la “tradicional” (impermeabilización sobre el aislante) interesa cuando se prescinde de revestimientos de acabado (no transitables, por ejemplo, con lámina autoprotegida) y se opta por aislamientos no sumergibles (poro abierto, por ejemplo, lana de roca). En este caso, se hace casi imprescindible una barrera de vapor, y la lámina impermeable no queda aislada de los cambios extremos de temperatura en cubierta, por lo que el control de dilataciones y la durabilidad son temas a tratar cuidadosamente. La “invertida” (aislante sobre impermeabilización) cumple y exige exactamente lo contrario, por lo que en la mayoría de ocasiones se impone como solución tipológica.

Por otro lado, queda delimitar las exigencias al soporte estructural, extremo en nada anecdótico, pues permitirá o impedirá concretar ciertas geometrías y objetivos. Evidentemente será la rigidez de la barrera impermeable (en extremos contrapuestos, por ejemplo, la chapa plegada y la lámina bituminosa) la que permita optar por apoyos discontinuos o exija superficie continua para su instalación.

Las consideraciones anteriores delimitan las opciones, y queda por definir dos aspectos de ejecución, que pueden influir, en muchos casos de forma inesperada, en el resultado del conjunto: criterio de fijación y exigencias respecto a juntas de dilatación. Necesariamente interdependientes, resultan a su vez propios del material de estanqueidad (peso, rigidez, coeficiente de dilatación, flexibilidad) y su tamaño (piezas pequeñas o lámina continua), a la par que sus condiciones de puesta en obra (por ejemplo, pizarra clavada en faldón de máxima pendiente o lámina impermeable plana protegida bajo aislamiento y ajardinamiento). Sea como fuere la fijación (flotante inmovilizada por peso propio o superpuesto, fijación puntual, lineal o superficial) finalmente elegida, o la distancia entre juntas de dilatación resultante, lo que importa es que sea compatible y coherente con el acabado exterior (“oculto” en tarimas y baldosas drenantes, “visto” en embaldosados y morteros in situ) y el concepto general del proyecto.

Tectónica ha elaborado un catálogo de soluciones constructivas de cubiertas con uso no convencional.

 

Evacuar el agua

Resumidas quedan con lo anterior importantes cuestiones ya tratadas en números anteriores, pero antes de entrar en materia, queda aún otro aspecto determinante de diseño por acotar: la evacuación del agua. Se trata de una condición que hoy cuenta con un amplio abanico de opciones, muy al contrario del históricamente disponible. Así en zonas lluviosas, la tradicional cubierta inclinada se limitaba a conducir las aguas al borde inferior para verter en caída libre o canalizadas (canalón y bajante total o parcialmente exterior, y por tanto vista) hasta el terreno.

El canalón oculto es, aparte de cuestión estética, un primer paso para desplazar la vertical de bajantes pluviales al interior del muro de fachada y liberar así la envolvente exterior de tuberías vistas no siempre deseadas. Un paso adelante lo constituyen los canalones centrales que reciben las aguas de los faldones invertidos, creando ejes interiores de bajantes que son más fáciles de absorber dentro del programa espacial y funcional.

La aportación de la cubierta plana supone, en este aspecto, un soplo de libertad: las bajantes se ubican con (casi) total libertad. En muchos casos, basta con ubicar bajantes en espacios convenientes (baños, cocinas, armarios) y formalizar sobre el forjado los paños para verter las aguas en éstos. Esta libertad se “paga”, pues presupone un plano estructural horizontal libre en cubierta, y por tanto los faldones, formados a posteriori con rellenos más o menos optimizados (en peso, en puesta en obra, en coste), constituirán un elemento añadido.

Y ya puestos, por qué no exigir liberarnos de pendientes en tuberías de evacuación (exigen importantes cantos en falsos techos o trazados vistos), minimizar sus secciones y reducir drásticamente el número de bajantes. La red de pendiente cero es factible utilizando sistemas sifónicos. Aquí la red de evacuación constituye un depósito general en su conjunto, que cada vez que se llena, libera todo su volumen como una descarga de inodoro. Este funcionamiento viene gestionado por el diseño específico de los sumideros, que crea un efecto de vacío (red de evacuación sin aire) y alcanza una presión límite de agua acumulada, a partir de la cual libera cíclicamente su flujo y permite, por la velocidad de salida, evacuar el agua sin pendienteado en las tuberías. Se entiende que la condición básica e irrenunciable de este sistema es un cálculo preciso para cada cubierta, pues la red y valvulería dan solución única a cada volumen y presión de agua.

 

La formalización escultural

Una vez delimitadas las condiciones previas, se trata de tomar decisiones claras de proyecto: qué es lo que quiere ser. Pueden ser uno o varios objetivos, no necesariamente incompatibles y en muchos casos, incluso sinérgicos. Ahora bien, la claridad perfilará con fuerza las soluciones técnicas y, coherentemente resueltas, reforzará la idea conceptual.

Comenzando con el seguramente más formal de los enfoques, la expresión escultórica de la envolvente, cumplimos con el papel que originalmente situaba nuestra profesión ante su responsabilidad pública de configurar el espacio urbano. Esta responsabilidad histórica hoy ciertamente se encuentra desnortada por la presión de una cultura mediática basada en la imagen que exige novedad permanente y sorpresa, pero no hay mal que por bien no venga, y construir lo aparentemente irrazonable “tira” de la tecnología como ciencia aplicada. Nos encontramos así con materiales, acabados y juntas a veces incluso contradictorios con el concepto de “cubierta” como barrera protectora, ejercicio que en el mejor de los casos deviene en nuevas propuestas y patentes, y en el peor, en un dispendio económico al duplicar sin más la cubierta, superponiendo a la real (estanqueidad, aislamiento) un acabado que, como mucho, alcanza a aportar una cámara ventilada o un sombreado.

Formalmente se distinguen dos actitudes: destacar la cubierta con expresividad propia, o resolver la envolvente con una solución material única (real o aparente). En la primera, las actitudes y soluciones son, por lógica, muy coherentes entre función y técnica. Tanto si se abunda en el formato tradicional de cubierta inclinada, como si extrapola el potencial formal libre, no se trasladan condiciones estéticas ni técnicas de fachada a cubierta, y la solución no debe atender a más compromisos que los propios.

Tal vez sólo merezca la pena detenernos en los límites: cómo trabajar con los bordes. La medida de la propuesta se dará en la claridad con la que se resuelve el encuentro entre cubierta y fachada, y aquí es donde puede entenderse mejor una geometría pasante, ya sea sobresaliendo la fachada sobre la cubierta (peto tradicional), la inversa de cubierta sobre fachada, o ambas. Todo muy natural y coherente.

La independencia excesiva de la cubierta proporciona un recurso gestual y aglutinador excepcional que aporta una escala urbana singular, pero obliga a duplicarla, ya que persiste la necesidad de una cubierta inferior completa y resolutiva, quedando tamaño dispendio limitado a ocasiones justificadas.

 

Envolvente unitaria

En el otro extremo está la opción de otorgar unidad conceptual a la envolvente, y acercarse así a la idea de escultura urbana. Esta unidad será permeable o no a necesidades funcionales, como la mencionada de la evacuación del agua, lo que nos enfrenta con la obligación de tomar decisiones claras y a ser posible inteligentes. Bañar la “escultura” y dejar correr las aguas libremente hasta el terreno puede ser tan apetecible como peligroso. Ya sea porque favorece un ensuciamiento desigual (entre dónde corre el agua y dónde no), o por incompatibilidad de materiales (por ejemplo, los aceros cor-ten manchan, y la escorrentía debe reconducirse en una red independiente), es aconsejable controlar el vertido. No siempre es posible verter al perímetro de la edificación, ya sea por constituir espacio público u otros condicionantes funcionales. La incorporación de pendientes y canalones puede entonces resolverse desde la propia geometría y con un ingenioso acabado de camuflaje.

La solución del concepto unitario depende en gran medida de la geometría. Sin ánimo de reincidir en lo expuesto en Tectónica 17, se intuye que la geometría tridimensional y la configuración de aristas predefinirá en grado sumo tanto los materiales como los sistemas disponibles. Iniciando el recorrido en las poliédricas más simples, el cubo más puro es contradictorio con el concepto pendiente, y no queda más remedio que disimular con sistemas de pendiente mínima, con impermeabilizaciones continuas o por piezas, en general con placas y paneles con juntas de estanqueidad muy elaboradas. Falsear es la otra alternativa, apoyando un acabado horizontal permeable sobre el pendientado de cubierta plana inferior. El borde puede configurarse como una junta más del revestimiento, o remarcar el gesto con un perfil específico.

Cuando el volumen facetado deja atrás los planos obvios (vertical y horizontal), las pendientes de faldones conducirán las aguas a los vértices inferiores de la figura tridimensional. Es menester por tanto, decidir si la recogida se debe producir en ese mismo borde o se traslada al interior.

 

La envolvente en continuidad: la superficie curva

Las opciones de entre los sistemas de cubierta para resolver superficies curvas son ciertamente limitadas, sencillamente porque en su mayoría los materiales de cobertura presentan bastante rigidez. La estrategia pasa así por adaptarse: las piezas rígidas (vidrio, algunos plásticos, cerámicas, paneles sándwich diversos) pueden optar por descomponer la superficie curva en un facetado de geometrías planas razonables (por ejemplo, cuadrados, paralelepípedos, triángulos), repetidos o específicos, o embarcarse en el curvado individual de las diversas geometrías curvas (ya sean simples o dobles) de cada pieza.

En el extremo contrario nos encontramos con la posibilidad, ciertamente onerosa, del precurvado de las piezas rígidas, y requiere, según material y complejidad, la realización de moldes específicos. Así, en vidrios, acetatos, policarbonatos y paneles de GRC, se conforman piezas únicas con juntas de estanqueidad solucionadas normalmente mediante patentes estándar (juntas a presión, sellados con silicona estructural con/sin escudos, canales de drenaje, etc.), con la única variación de resultar rectas las primeras y curvas variables las segundas.

Para hacernos la vida más fácil, debemos buscar materiales cuya rigidez permita al menos cierto margen de maniobra. La chapa de acero plegada en placas estándar o bandejas, por ejemplo, ofrece máxima flexibilidad en la sección transversal y radios de curvatura razonables en la longitudinal (dependiendo de espesor y canto de la chapa). A ello se une la posibilidad económicamente razonable de precurvado (sin pliegues) e incluso plegado curvo para radios pequeños. Mientras que no se rebase la lógica limitación de curvado a un solo eje, el abanico disponible proporciona una herramienta geométrica potente para desarrollar muy diversas variantes, en las que sigue siendo plenamente eficaz la estanqueidad por solape longitudinal y transversal.

El siguiente paso es lógico: la chapa lisa, pero en el camino perdemos la libertad (relativa) de poder resolver el soporte estructural sólo con nervios, viguetas o cualquier otro elemento lineal recto o curvo, siendo la rigidez de la placa la que salva la distancia de entrevigado. El zinc y el cobre liso exigen una base continua, por lo que es imprescindible no sólo ajustar el patrón de corte de la chapa a la enrevesada geometría que proyectemos, sino también el propio soporte, ya sea por medio de tableros de madera (precurvados o de espesores mínimos deformables) o rellenos varios. Asumida esta complejidad de ejecución, los diversos engatillados resuelven con facilidad, siempre que se evite realizar junta horizontal justo en pendiente 0 (cumbrera).

Puestos a complicarnos la vida con una elaborada ejecución del soporte en toda su complejidad geométrica, parece inmediato que ésta fuera estructuralmente consecuente y eficaz, y en cambio se intentara minimizar la repercusión aparente y económica de la barrera de estanqueidad. Esta es la base de la membrana estructural de hormigón, a la que, en teoría al menos, le bastaría con garantizar ausencia de fisuración (sección comprimida por geometría en catenaria o por pretensado) y suficiente espesor y dosificación (con aditivos impermeabilizantes) para ser impermeable por sí misma. En la práctica, la durabilidad aconseja optar por impermeabilizar la superficie (por ejemplo, poliuretano) con la pérdida inevitable de textura y tono propio del hormigón estructural.

Quedan por explorar las posibilidades de la lámina impermeable como superficie en tensión, al modo de las cubiertas textiles. Obviamente también es aplicable como revestimiento sobre fábrica de muros, pero su verdadera eficacia  aparece cuando se tensa simplemente desde una subestructura lineal (costillas, pórticos) relativamente sencilla.

 

Objeto energético

Otro enfoque, no por actual y salvajemente explotado menos razonable, resulta el planteamiento primario de proyectar desde un mínimo gasto de energía. Sin entrar ahora en los interesantes y ya intensamente desarrollados criterios expuestos en Temas / Energía, la envolvente como membrana de intercambio de energía entre el interior acondicionado y el medio resulta sin duda determinante. Salvo la tipología en torre, las edificaciones en general presentan factor de forma (área total de envolvente/volumen) significativamente marcado por la superficie de cubierta, que debe retener la trasmisión vertical de calor ascendente (fuertemente penalizado en los cálculos de acondicionamiento ambiental), y recibe el soleamiento cuasi permanente del arco solar.

Las armas más eficaces para alcanzar un razonable grado de sostenibilidad en la vida útil de la edificación se encuentran en la ubicación y orientación (soleamiento invernal, iluminación natural, etc.), y también en el aprovechamiento de condiciones exteriores, como la ventilación natural, junto a un esquema de climatización basado en recursos pasivos, es decir, de diseño formal, espacial y constructivo de la construcción. Y es aquí donde asume la cubierta el papel determinante en apoyo al concepto energético.

Un primer paso es minimizar el factor de forma por geometría (bóvedas, cúpula, etc.), y considerar la densidad específica, donde caben dos opuestos, perfectamente razonables desde el punto de vista sostenible: por un lado, buscar el peso mínimo para reducir la energía primaria de fabricación y transporte, y a la vez posibilitar un recinto de inercia mínima y por tanto rápidamente climatizable. En el otro extremo se encuentra la opción masiva, que persigue la inercia térmica como almacenamiento gratuito de calor o frío para aclimatar el espacio vividero. En este caso, será determinante la posición del aislamiento en la envolvente en relación con el uso del edificio. Para espacios de uso continuo, donde interesa un acondicionamiento poco proclive a cambios bruscos, aun a costa de un esfuerzo inicial de climatización importante, es conveniente situar la masividad al interior (aislamiento por el exterior de la hoja de cerramiento) para aprovechar el efecto “cueva” dada la poca incidencia de puntas de temperatura sobre una importante masa climatizada. Esta misma disposición será preceptiva para el aprovechamiento de ventilación natural nocturna en verano, que está teniendo cierta implantación en espacios de oficinas nórdicas, como recurso de climatización gratuita y rentable ante las significativas bajadas de temperaturas nocturnas, controlado mediante la gestión automatizada de rejillas y ventanas.

En espacios de uso discontinuo puede interesar que el interior tenga escasa masividad (aislamiento al interior con revestimiento o falso techo de poco espesor) para situar aquélla al exterior con el fin de que el prolongado retardo por el calentamiento/enfriamiento de esta masa (concepto de muro Trombe) dilate el efecto sobre el interior (desplazamiento de 2 a 3 horas de puntas de temperatura). La colaboración en esta inercia en cubierta mediante un diseño de forjado macizo, es determinante, y en toda lógica será adecuado potenciar el efecto con la masividad de un acabado ajardinado o inundado (sin incidencia de luz solar para evitar la propagación de microorganismos), en las muy diversas variantes disponibles. Ambos acabados participan también en un aspecto muchas veces olvidado, que es el acondicionamiento (por humectación estable) del espacio urbano, aire común infinitamente maltratado, del cual tenemos que obtener el frío o calor para acondicionar pasivamente nuestros edificios. Este intercambio de aire no sólo se produce hacia el interior, sino a la inversa por extracción, extremo especialmente interesante para el aire viciado y sobrecalentado de espacios de intensa concentración de personas.

Acto seguido se abren otras alternativas, constructivamente más ambiciosas, que recurren a la cubierta como amplio colchón térmico, similar a las muchas variantes de doble fachada actuales. Un primer paso lo constituye la cubierta fría ventilada, que atenúa, con ayuda de una amplia cámara ventilada, tanto el efecto de la insolación directa en verano, como el efecto refrigerante de la nieve depositada en invierno. Este mismo espacio, acabado en vidrio  constituye el ya clásico espacio invernadero (ventilado en verano para evitar sobrecalentamiento, cerrado en invierno para acumular la radiación incidente) pero con la ventaja añadida de ofrecer luz cenital que, adecuadamente controlada, resuelve la iluminación natural durante la mayor parte del día.

Una vuelta de tuerca más consiste en incorporar soluciones activas en el concepto energético global, y por su exposición preferente al medio exterior, la cubierta resulta la plataforma ideal para ello. No es momento de valorar la idoneidad de producir energía térmica o eléctrica, tan marcadas como están hoy por obligación normativa la primera, como subvencionada y por tanto distorsionada la segunda. Se trata más bien de evaluar brevemente la posibilidad de integrarse de forma natural en el concepto global de la envolvente y evitar la inmediatez de suma de artilugios que actualmente proliferan en cubierta. Para ello es preciso delimitar las condiciones de instalación, como son superficie de instalación, orientación, peso y accesibilidad. La superficie de instalación viene determinada, como no puede ser de otra forma, por las necesidades a cubrir y la eficacia de los captadores. Si son térmicos, su superficie se ajusta a los volúmenes de producción de ACS y al sistema de climatización elegido (suelo radiante, radiadores, fancoil, etc.), y salvo modelos de bajo rendimiento, el total sólo ocupará parte de la cubierta. En fotovoltaica el límite es la inversión razonable, pues los excesos de producción se revierten a la red.

Del mismo modo, la orientación es un criterio relativo, pues tanto en térmica (tubos de vacío) como en fotovoltaica (silicio amorfo, poli y monocristalino) la elección depende más del nivel de inversión y de rendimiento buscado. Por tanto, es bienvenida la conformación, orientación e inclinación de la cubierta para cumplir este objetivo concreto si resulta coherente con el concepto global, mas no resulta complicado incorporar sin mayores aspavientos tanto superficies horizontales de paneles térmicos, como la multitud de productos en vidrios, chapas, tejas y láminas (incluso textiles) revestidos con células fotovoltaicas.

 

Espacio de uso

Tal vez sea el más arquitectónico de los objetivos para una cubierta pues, más allá de crear imagen u optimizar energías, promueve un nuevo lugar de encuentro, una extensión del espacio vividero tanto privado como público. De hecho, justificó en origen la introducción de la cubierta plana por el Movimiento Moderno, aun a pesar de la arriesgada exposición a patologías propias de una industria de láminas impermeables aún en sus comienzos. Espléndidos y justificados casos como la terraza de la Villa Saboya o la cubierta de reunión y diversión pública de la “ciudad vertical” en la Unité de Marsella merecieron el riesgo, que hoy lamentablemente quedan en el olvido. La cubierta plana actual muchas veces no pretende otra cosa que ser una copia más de los forjados inferiores equipada con algún sistema de impermeabilización (por ejemplo, invertida con grava) en la que proyectualmente no se realiza el más mínimo esfuerzo para otorgarle objetivo o uso alguno.

Claramente ”usar” tiene una acepción tanto directa (pisar) como indirecta (disfrutar). Esta última (aparte de las anecdóticas como piscina) la cumple a la perfección el ajardinamiento de cierto porte (arbustos de volumen medio, incluso árboles) que nos llevaría a soluciones estándar pero con capas vegetales de más de 40 cm y láminas de drenaje de cierta importancia (como evacuación pero también retención de humedad), así como la correspondiente protección antirraíces. Evidentemente el peso de tierras permite instalaciones flotantes de la impermeabilización (salvo perímetro y encuentros), y potencia la protección a la intemperie, por lo que resultan soluciones de gran durabilidad y menores exigencias respecto a control de dilataciones tanto en la envolvente como en la estructura principal.

Estas ventajas son, en parte, comunes a las diversas alternativas de solados transitables, pero en nuestro caso, el aspecto más importante será la comodidad con la que diseñaremos el plano de uso de cubierta. Esta comodidad se cifra en criterios de planeidad (mínimos pendienteados, preferentemente 0%), ausencia de charcos, mínimas juntas abiertas (en número y tamaño de juntas de acabado, dilatación o drenaje) y resistencia a pisadas (evitando vibraciones, según uso). Complementariamente también influye la seguridad o la sensación de seguridad, que viene determinada por la configuración del borde para evitar el riesgo de caídas. Este borde, muchas veces olvidado o automatizado en un peto estándar, supone un valor arquitectónico por sí mismo, al completar el concepto global de envolvente, y los recursos para potenciarlo, disolverlo o desplazarlo, resultan determinantes para la percepción del objeto edificado.

Volviendo a los acabados transitables de cubierta, el listado de condiciones anterior no excluye en principio ningún revestimiento de los considerados habituales, pero sí pone en valor las diferentes soluciones. Así, la ausencia de formación de charcos (incluso con lluvia) valora los acabados drenantes (baldosas, morteros in situ, entarimados, etc.), y la planeidad horizontal (sin pendienteado visto de ningún tipo), los acabados sobreelevados (ya sea con rastreles o plots), la minimización de juntas, los despieces menores (por ejemplo, por multiplicación: entarimados, empedrados, etc.), y finalmente la resistencia valora la masividad de los morteros drenantes (porosos y ejecutados in situ, tipo Tennisquick) que rellenan todo el espesor sobre los faldones de pendientado estándar.

 

Eficiencia estructural

Finalizo con otro objetivo no menos importante, pero que por su acepción falsamente ingenieril, frecuentemente no recibe una reflexión arquitectónica equivalente a su repercusión: la optimización estructural de la cubierta. Como todas las optimizaciones, ésta se puede valorar en costes, en simplificación y garantías del proceso de ejecución, etc., pero voy a limitarme a cuestiones inmediatas, como el peso específico de la estructura en relación a las luces salvadas.

Tipológicamente, las soluciones tipo Deck son las más indicadas, ya que prevén una base superficial ligera (tipo chapa plegada, pero también tableros de madera) sobre la que se instalan barrera de vapor y aislamiento, para rematar con lámina impermeable compatible (por ejemplo, lana de roca y lámina bituminosa) y preferentemente autoprotegida para no precisar más capas (y peso) para su protección climatológica (lámina asfáltica enarenada, EPDM, etc.). Esta combinación, propia de naves industriales, tiene un peso propio muy reducido y por tanto muy adecuado en arriesgadas propuestas de muros portantes extremadamente livianos.

El soporte estructural para cubierta puede buscar la ligereza a su vez mediante la descomposición de la flexión típica de forjados en sistemas lineales o bidireccionales de barras trianguladas en esfuerzo axil (celosías planas, mallas estéreas) tan populares en polideportivos y recintos feriales. Esto resulta coherente y razonable, pero puede producir un empobrecimiento tipológico si se convierte en referente único (grandes luces = esquema triangulado). Por ello es preciso culminar la presente perspectiva sobre cubiertas  recordando el amplio abanico de soluciones geométricas adaptadas a tipologías estructurales optimizadas (catenarias, membranas, etc.), comenzando por las bóvedas (sección comprimida) en arco circular o parabólico, láminas cilíndricas, bóvedas deformadas, cubiertas colgantes o superficies de doble curvatura, que en geometrías adecuadas permiten resolver los esfuerzos mecánicos en régimen de membrana, y constituyen una de las escasas ocasiones en las que podemos optar, al eliminar secciones en flexión, por estructuras con materiales de alto peso específico como el hormigón armado, extremo que las hace especialmente adecuadas cuando se precisa aislamiento acústico y no se desee fiar éste sólo a aislantes termo-acústicos añadidos.

A la vista de las variantes descritas, se entiende que se repitan aquí los mismos condicionantes que ya vimos en la formalización escultural, pues se trata de geometrías que, por excepcionales, exigen amplios márgenes de manipulación al producto que resuelve la estanqueidad. Como antes, la diferencia estriba en elegir entre esquemas discontinuos (barras uni o bidireccionales) o continuos (superficie sin solución de continuidad), y determinando el criterio para pasar de piezas rígidas a chapas lisas, láminas o incluso pinturas impermeabilizantes.

En el límite de la máxima eficiencia estructural, la cubierta de grandes luces para estadios y ferias busca la cubierta de peso mínimo formada por superficies textiles (teflón, poliéster, ETFE, etc.), tensadas sobre geometrías ligeras que buscan su optimización reduciendo al máximo las barras comprimidas para resolver con una malla tridimensonal de cables (las famosas “islas de compresión en un mar de tensión” con que definía B. Fuller el sistema tensegrity), en un impresionante abanico que abarca hermosos ejemplos, como la rueda de bicicleta (L. Zetlin), cúpulas tensegrity como el Amagi Dome, y la infinidad de geometrías textiles de H. Berger, culminación de la cubierta moderna.